Entre crisis internacionales, promesas pendientes y un ciudadano cada vez más exigente, el panorama político rumbo al 2028 comienza a mostrar señales de desgaste y reconfiguración.
Se puede defender, sin exagerar, que el presidente Luis Abinader ha gobernado en uno de los períodos más complejos de la política dominicana de las últimas tres décadas. Llegó al poder en medio de la pandemia del COVID-19, con una economía golpeada, un turismo paralizado y un escenario internacional cargado de incertidumbre.
A esa realidad se sumaron acontecimientos externos que impactaron directamente la estabilidad económica y social de la región. El asesinato del presidente haitiano Jovenel Moïse el 7 de julio de 2021 profundizó el colapso institucional de Haití y elevó la presión migratoria sobre República Dominicana. Más adelante, la invasión rusa a Ucrania en febrero de 2022 disparó los precios del petróleo, alimentos y fertilizantes, mientras la prolongada crisis venezolana seguía provocando desplazamientos masivos en América Latina. Ahora, el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán vuelve a tensar los mercados energéticos y amenaza con nuevos aumentos en los combustibles.
Sin embargo, para gran parte de la población esas explicaciones tienen un límite. El ciudadano común no suele traducir una guerra lejana, una crisis energética global o una tensión geopolítica en causas directas de su malestar cotidiano. Lo que percibe es el aumento del costo de la vida, combustibles más caros, alimentos inaccesibles, apagones, servicios deficientes y una sensación creciente de deterioro en su calidad de vida.
Gobernar también desgasta. Y seis años en el poder terminan pasando factura. Aunque el presidente Abinader ha intentado proyectarse como un mandatario reformador, muchos sectores consideran que las grandes transformaciones económicas prometidas no llegaron a concretarse. A estas alturas del panorama político, tampoco parece probable que el Gobierno impulse reformas estructurales de gran impacto.
La más reciente encuesta Gallup-Diario Libre refleja precisamente ese punto de inflexión. El Partido Revolucionario Moderno (PRM) continúa encabezando la simpatía partidaria con un 30.4 %, pero ya no domina el escenario político con la comodidad de años anteriores. La Fuerza del Pueblo alcanza un 19.6 %, mientras el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) registra un 19.5 %. A esto se suma un dato significativo: un 23.5 % de los encuestados asegura no simpatizar con ninguna organización política.
Ese porcentaje evidencia una ciudadanía cada vez más distante de los partidos tradicionales y más abierta a reconsiderar sus opciones de cara al futuro. La oposición dominicana pasó varios años debilitada, ya fuera por divisiones internas, desgaste político o falta de articulación. El PLD aún intenta recomponerse tras su fractura, mientras la Fuerza del Pueblo ha logrado consolidarse como principal fuerza opositora, aunque sin construir todavía un discurso sostenido que conecte de manera permanente con el descontento social.
La discusión política ya no gira únicamente en torno a si el PRM podrá reconstruir la esperanza de sus votantes, sino sobre cuál partido opositor será capaz de interpretar el nuevo estado de ánimo del país y presentarse ante el electorado como una alternativa verdaderamente creíble rumbo al 2028.



